En la Opinión de Pride Michoacán
Hemos aprendido —y con toda la razón— a señalar el acoso en el mundo heterosexual. Se han abierto conversaciones, se han puesto límites, se han visibilizado violencias que durante años estuvieron normalizadas. Hoy se habla de consentimiento, de respeto, de espacios seguros.
Pero hay algo que incomoda reconocer. Algo que muchos prefieren no tocar.
Dentro de la comunidad LGBTIQ+ también hay acoso, y no solo existe… se ha normalizado al grado de que ya ni siquiera se cuestiona, se disfraza de juego, se romantiza como parte del “ambiente”, se justifica con frases como “así somos”, “no te hagas”, “relájate”, y en medio de esa supuesta libertad, hay personas que se sienten incómodas, invadidas, cosificadas… y callan.
Porque aquí, aparentemente, todo se vale.
Pero no, no todo se vale, no porque una persona sea gay, bisexual, trans, queer o parte de cualquier identidad dentro de la diversidad significa que le va a gustar todo el mundo. No significa que esté disponible. No significa que quiera contacto físico, insinuaciones constantes o atención no solicitada.
Y, sin embargo, eso ocurre todos los días, en fiestas donde el cuerpo deja de ser propio y se convierte en territorio público, en bares donde un “no” se ignora porque “seguro sí quiere”, en eventos donde alguien cree tener derecho a tocar, acercarse o invadir sin preguntar, en redes sociales donde la validación se mide en cuánta gente te sexualiza, y ocurre también en espacios que deberían ser seguros… pero dejan de serlo.
Porque hay algo que se nos ha olvidado: la libertad sin límites no es libertad, es abuso.
Se ha construido una narrativa peligrosa dentro de la comunidad. Una donde la expresión, el deseo y la apertura se confunden con disponibilidad permanente. Donde la personalidad, el carisma o incluso la educación se interpretan como coqueteo.
Si eres amable, “seguro quieres algo”; si sonríes, “seguro estás ligando”; si bailas, “seguro estás invitando”; Y no, no todo es insinuación. no todo es invitación, no todo es deseo, también hay personas que solo quieren existir, convivir, divertirse… sin ser invadidas.
Pero eso parece difícil de entender, cuando se ha normalizado la idea de que dentro de la comunidad todo gira alrededor del deseo.
Y ahí es donde está el problema.
Porque también dentro de la comunidad hay violencia sexual, hay presión, hay chantaje emocional, también hay discriminación entre nosotrxs mismxs.
No todo es orgullo. No todo es inclusión. No todo es respeto. Y decirlo no nos hace menos comunidad. Nos hace más conscientes.
Porque pertenecer a la diversidad no nos exime de reproducir conductas que criticamos afuera, no nos vuelve automáticamente empáticos ni respetuosos, también nos equivocamos, también cruzamos límites, también dañamos, y cuando eso pasa, también tenemos que hacernos responsables.
Es más cómodo callar, es más fácil seguir la corriente, es más sencillo decir “así es el ambiente” que cuestionarlo, pero eso solo perpetúa el problema, porque mientras no se nombre, seguirá ocurriendo; Mientras se minimice, seguirá creciendo; Mientras se justifique, seguirá dañando.
Y hay algo más que también incomoda decir: hay personas dentro de la comunidad que sí buscan esa atención constante, que disfrutan ser deseadas, vistas o incluso acosadas. Y está bien, es su forma de vivir su libertad.
Pero eso no define a todxs.
Y ese es el error, generalizar, asumir, imponer una narrativa única donde todos deben encajar, porque no todxs somos así, no todxs queremos eso, no todxs estamos disponibles: Y nadie debería tener que explicarlo.
El consentimiento no es ambiguo, no es negociable, no es interpretativo, es claro, es directo y se respeta. Siempre.
Hoy más que nunca, la comunidad LGBTIQ+ necesita mirarse hacia adentro. No para juzgarse, no para dividirse, sino para evolucionar. Porque no basta con exigir respeto afuera si adentro seguimos normalizando lo que nos incomoda. No basta con hablar de derechos si ignoramos las violencias internas. No basta con celebrar si no somos capaces de cuestionarnos.
Hace falta valentía. Valentía para decir: esto no está bien. Valentía para poner límites. Valentía para incomodar conversaciones necesarias. Y sobre todo, valentía para no quedarnos calladxs. Porque el silencio también es complicidad.
Hoy la invitación es clara: a visibilizar, a nombrar, a no normalizar. A denunciar cuando sea necesario. A acompañar a quien lo vive. A generar espacios realmente seguros, no solo en discurso, sino en práctica. No desde la violencia. No desde el ataque. Sino desde la conciencia. Porque levantar la voz no rompe a la comunidad. La fortalece. Porque reconocer nuestras fallas no nos debilita. Nos hace crecer. Y porque si realmente queremos construir espacios donde todos podamos ser libres, entonces tenemos que empezar por respetarnos entre nosotros.
Sin excusas. Sin justificaciones. Sin romantizar lo que claramente está mal. Porque dentro del arcoíris también hay sombras, y ya es momento de dejar de ignorarlas, te invito a evidenciarlas.
ALEXIS ARRATIA.
Comisionado de Pride Michoacán. Licenciado en Ciencias de la Comunicación con terminal en Mass Media, Maestro en Comunicación con terminal en Comunicación Pública y Social, doctorante en Políticas Públicas, Gobierno Local y Desarrollo, con 14 años de experiencia en los medios de comunicación, productor de radio y televisión, actor, modelo, cantante y conductor.
PRIDE MICHOACÁN A.C.
ORGANIZACIÓN DE DEFENSA Y PROMOCIÓN DE DERECHOS HUMANOS PARA LA DIVERSIDAD SEXUAL.
INTEGRANTE DE LA ALIANZA NACIONAL DE MARCHAS LGBT+ MÉXICO.
COMITÉ ORGANIZADOR DE LA MARCHA DEL ORGULLO LGBTTTIAQ+ EN MORELIA.
