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En la Colonia Juárez, el Viacrucis se vive entre fe, convivencia y memoria colectiva, mientras la representación de la Pasión de Cristo también abre preguntas sobre las injusticias que persisten hoy.

Omaida Melissa García | ClsComunica

Fotos. Wendy Rufino

En la Colonia Juárez, la cruz avanza entre calles conocidas.
No hay escenario: hay casas, puestos, niños, calor.

El Viacrucis pasa y la gente sale.
Familias completas caminan detrás.
Algunas rezan.
Otras comen jicaletas.
Todas miran.

Este año, Carlos Alberto Sánchez carga la cruz por primera vez.
A su lado, quienes llevan más de 30 años repitiendo la escena sostienen algo más que una tradición: sostienen memoria.

Porque esto no es sólo religión.
O ya no solamente.

Es comunidad.
Es costumbre.
Es herencia que se pasa sin necesidad de explicarse.

Pero también es otra cosa.

El dolor se actúa…
y, al mismo tiempo, se reconoce.

El Viacrucis sigue contando una historia antigua:
un hombre condenado, un poder que decide, una multitud que observa.

Nada tan lejano.

Hoy, la cruz cambia de forma.
No siempre es de madera.
A veces es pobreza.
A veces es violencia.
A veces es silencio.

Y entonces la pregunta no está en la escena, sino en quien mira:

¿Quién carga hoy?
¿Quién condena?
¿Quién acompaña?

Entre rezos y botanas, entre fe y rutina, la colonia se reúne.
Y sin decirlo, repite algo más profundo que el ritual:

que hay dolores que no terminan en la última estación.

Que la historia no se quedó ahí.

Que el Viacrucis…
sigue pasando.

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